Domingo, 26 de Mayo de 2013
Placeres culpables · Faro de Vigo

Fallece el editor Josep Luis Berenguer

24 de Abril de 2012 · Sin comentarios

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Berenguer, a la izquierda, con gafas y sujetando un cigarrillo,en febrero de 2004, los últimos días del Víbora.

La noticia llegaba esta mañana a las redes sociales a través de la cuenta de Twitter de Editores de Tebeos: “Ayer murió Berenguer, desde aquí le damos adiós a un amigo, a un compañero y a un editor de calidad”. El “tuit” se refería a Josep María Berenguer, uno de los más importantes editores de cómic en España. Berenguer, cuyo nombre ha llegado a tema del momento en la red social de los 140 caracteres (triste trending topic), ha sido reconocido a lo largo de toda la mañana por destacados autores de cómic españoles y demás personajes de la industria del tebeo a través de blogs y redes sociales. Después de todo, este editor cambió para siempre la historia de la viñeta en España cuando lanzó la revista El Víbora en 1979, junto a un grupo de notables de la Barcelona ‘comiquera’ de aquellos primeros días de la Transición. La web Entrecomics.com recogía esta mañana la historia de la fundación de esta mítica revista, en palabras del propio Berenguer:

“Como yo había viajado a Estados Unidos, me había movido, había vivido en París y tenía un cierto gusto por los cómics, empecé a reunir material de gente. En Barcelona conocí a Nazario, a (Miguel) Gallardo y (Juanito) Mediavilla, a Max… y conocí a gente de El Rrollo. Y empezamos a tener reuniones en La Floresta, en un chiringuito que se llamaba La Casa Blava, que ya no existe, donde hacían unas paellas buenísimas. Y nos pasábamos días allí comiendo paella y discutiendo, hablando de quién haría un personaje, quién haría política, quién haría… no sé, Nazario con los travestis de las Ramblas, Gallardo y Mediavilla con los delincuentes de los barrios periféricos, Max con su lucha contra las multinacionales, (Alfredo) Pons hablando de la juventud descarriada y de las putas… En fin, que intentamos hacer como un muestreo de lo que pasaba en la sociedad de nuestro momento. Y ahí es donde empecé con El Víbora, gracias a Toutain, que me pasó por un lado la pasta, para hacer el primer número, que costaba 800.000 pesetas, y por otro lado el know how, el saber cómo. O sea, dónde comprar el papel, la imprenta, el encuadernador, el distribuidor de kioscos, etcétera. O sea, que fue por casualidad, porque estaba en el paro.”

Como podemos ver en la foto que corona este post, Josep María Berenguer mantuvo su labor de editor para El Víbora hasta su triste desaparición en 2005. Con el fin de la mítica publicación se cerró un capítulo esencial en la divulgación del arte secuencial en este país, que continuó gracias a su editorial hermana, La Cúpula. Gracias a la selección de autores nacionales y extranjeros de la revista y la editorial, muchos descubrimos que el mundo del cómic no acababa en los Astérix, Tintín, Mortadelo y Filemón de nuestra juventud. En sus primeros números, Víbora recogió algunas de las primeras historietas de, por ejemplo, Art Spiegelman, autor del álbum ‘Maus’, galardonado con el Pulitzer en 1992. Muchos tuvimos el orgullo de leer aquella novela gráfica, descubrir una vieja historieta del autor insertada en el relato y pensar “esto ya lo leí yo en el Víbora”. Otros artistas esenciales del cómic underground como Robert Crumb, Gilbert Shelton, Peter Bagge, Daniel Clowes y Joe Sacco también aterrizaron en nuestro país de la mano de esta excelente publicación, que también sirvió para difundir el trabajo de una nueva generación de autores españoles. Mauro Entrialgo, un habitual en las páginas de Víbora, escribía hoy en su cuenta de Twitter: “Berenguer fue la primera persona que me pagó por publicarme una historieta. En 1982 en su Makoki”. Busquen en Twitter el hashtag #berenguerfacts, donde los que le conocían irán contando anécdotas sobre su vida. Una vida, que también es la del cómic de nuestro páis.

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George Harrison, el beatle desconocido

29 de Noviembre de 2011 · 11 comentarios

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El beatle callado no lo era tanto. No hay más que leer su entrevista en la única biografía autorizada del grupo de Liverpool, escrita por Hunter Davies y publicada en 1968. En esa entrevista, llevada a cabo dos años antes del final oficial del grupo, Harrison se mostraba como el beatle más independiente; desapegado de la fama, el dinero y el grupo. Para entonces, el más joven de los cuatro escarabajos ya había pasado unas vacaciones en la India sin la compañía de sus tres colegas y, por el camino, había revolucionado la música pop introduciendo sonidos de esas latitudes en los discos de la banda más popular del planeta. En la entrevista concedida a Davies, Harrison ya se perfilaba como una personalidad muy parecida a la que Martin Scorsese retrata en el documental ‘George Harrison: Living in the material world’. Una multimillonaria y mundialmente famosa estrella del rock, incómoda con esa doble condición y fascinada por la cultura y espiritualidad orientales.

Martin Scorsese, convertido en biógrafo fílmico oficial de la generación de los 60, realiza un encomiable trabajo en el documental dedicado a George Harrison. Si bien es cierto que le han puesto las cosas fáciles. El realizador neoyorquino ha podido rebuscar en el valioso archivo personal del músico, desaparecido hoy hace 10 años. Cartas, fotografías y grabaciones de video realizadas por Harrison a lo largo de toda su vida complementan las consabidas imágenes de archivo y las opiniones de un interesante grupo de personas (su esposa y ex esposa, su hijo Dhani, Ravi Shankar, Paul McCartney, Ringo Starr, Eric Clapton, Eric Idle, Phil Spector…). Además, el director de ‘Taxi Driver’ ha podido utilizar para su documental la música original de Harrison, de los Beatles y fragmentos del colosal ‘Beatles Anthology’ (algo ciertamente memorable y excepcional, solo al alcance de tipos con el bagaje de Scorsese).

Desde el punto de vista de un beatlemaniaco, cuesta recomendar las casi 4 horas de documental a los que se consideren profanos en la materia. Los que quieran conocer la historia de los Beatles no tendrán muy difícil encontrar documentales más concretos y exclusivamente dedicados a la historia de la banda. Sin embargo, la cinta es muy recomendable para admiradores del grupo, interesados en la historia de la música pop y melómanos en general. Scorsese consigue un documento exquisito sobre un hombre muchas veces ignorado, pero absolutamente trascendental en el trascurso de la historia de la música popular. Eclipsado por dos astros como John Lennon y Paul McCartney, Harrison no introdujo tantas notas memorables de guitarra en la música de los Beatles como una sensibilidad muy particular en la personalidad del grupo y, por extensión, de toda una generación.

En cierto sentido, Harrison fue el cicerone de los muchachos del ‘baby boom’ con la cultura oriental. George fue culpable las primeras notas de sitar impresas en los surcos de un vinilo de pop -en la canción ‘Norwegian Wood (This Bird Has Flown)’- y del viaje que los cuatro beatles emprendieron a la India, donde las diferencias entre los cuatro individuos comenzaron a aflorar. Además, fue el responsable de canciones memorables como ‘Taxman’, ‘While My Guitar Gently Weeps’, ‘Long Long Long’, ‘Savoy Truffle’, ‘Something’, ‘Here Comes the Sun’, ‘I, Me, Mine’, ‘For Your Blue’… Temas que logró colar entre las composiciones del tándem de escritores musicales más exitoso de la historia. Además, fue el responsable de ‘All Things Must Pass’, el mejor disco -para muchos- jamás grabado por un exbeatle en solitario. Más que el beatle callado, a George Harrison le deberíamos llamar el beatle desconocido. Ninguna excusa mejor que el documental de Scorsese y el décimo aniversario de su muerte para reivindicarle.

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Tintin: Poca chicha, mucha imagen

23 de Noviembre de 2011 · 2 comentarios

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El Tintin de Spielberg me provoca un intenso dilema. ¿Puedo odiar una película absolutamente trepidante que me hizo feliz durante dos horas? ¿Y puedo amar esa misma película si ofrece una imagen tan plana de uno de los ídolos de mi infancia?

Las aventuras de Tintin’ tiene muchas de las virtudes que en su día atribuimos a ‘Super 8’, en lo que a cine palomitero se refiere. Pero especialmente virtuosa es su factura técnica. De principio a final, lo que vemos pasar por la pantalla es absolutamente sorprendente. No recuerdo haber salido tan impresionado de una sala de cine por lo que mis ojos habían visto desde ‘La amenaza fantasma’.

Sin embargo, ésta -como el capítulo I de la saga galáctica- es una película llena de huecos. Casi vacía en lo que tiene que ver al argumento, una mera huída hacia adelante que mezcla situaciones prestadas de varios álbumes de Tintin. La constante persecución en la que se ven envueltos Tintin y el capitán Haddock es tan extenuante que llegó a recordarme a la nefasta ‘La isla’. Spielberg sigue siendo Spielberg y apuesta por la aventura, por encima de todo. Uno no deja de pensar que pasaría si en vez de tanto “corre, corre que te pillo”, el director hubiera dado algo de pausa a la película.

El filme merece la oportunidad de todos los que no nos poníamos a dormir sin degustar una aventura del reportero belga (una vez releída nuestra colección de Astérix). También, de todos los interesados en cómo va a evolucionar visualmente el cine. Además, como pasaba en los tebeos, el apolíneo héroe está bien enfrentado a su ebrio compinche, el capitán Haddock. Si hay segunda parte, la iré a ver a la pantalla más grande que encuentre. Con eso creo que lo digo todo.

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Miles Davis era el futuro

28 de Septiembre de 2011 · 3 comentarios

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El jazz es la música idónea para el otoño y Miles Davis, probablemente el mayor agitador del género durante el siglo XX, se fue un día de finales de septiembre. Hoy hace exactamente veinte años. Tenía 65 años y no dejó un bonito cadáver. Por todos fueron conocidos sus adicciones y excesos, musicales y personales. Desde sus noches de improvisación en el Harlem de la década de los 40 siguiendo la estela de su ídolo, el superior Charlie Parker, hasta su retirada voluntaria de la música durante seis años en 1975.

La trompeta de Davis fue símbolo de cuatro décadas de evolución del jazz, desde que la música estableció su capital en Nueva York y el nacimiento del “cool”, hasta la deriva hacia el rock, el funk y, en general, la fusión de géneros que el propio Davis pregonó con su LP ‘Bitches Brew’ (1970). Antes de este, Davis ya había revolucionado el género con el LP ‘Kind of blue’ (1959), en el que gestó una forma más libres de tocar el jazz, sustituyendo el rígido sistema de cambio de acordes por el jazz modal. En ese álbum, por cierto, también se puede escuchar el saxofón de otro genio, John Coltrane, al que Davis largó de su sexteto no se sabe muy bien si por su adicción a la heroína o porque sus solos era “demasiado largos” (y buenos).

Ahora que se cumplen dos décadas de su muerte, la obra de Davis merece una extensa revisión. El trompetista de Alton, Illinois, redefinió el jazz y lanzó el género al futuro, convirtiéndolo en una especie de camaleón, capaz de congeniar con cualquier música del planeta. Más de un siglo después de su nacimiento, el sonido que se originó en las calles de Nueva Orleans se mantiene más joven que el rock’n roll. Abierto, al menos, a más posibilidades estilísticas. Si son usuarios de Spotify no dejen de consultar la extensa discografía de Davis. Además de los discos mencionados, no dejen pasar ‘Milestones’ (1958), ‘Sketches of Spain’ (1960), ‘In a silent way’ (1969), cualquiera de sus álbums en directo y el ‘Something Else’ del quinteto de Cannonball Adderley, excelso ejemplo de hard bop que contó con la esencial colaboración de Davis.

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La edad de la inocencia

14 de Septiembre de 2011 · 4 comentarios

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Me consta que ‘Super 8’ ha devuelto a las salas de cine a más de un cinéfilo de esa generación que creció con ‘Los Goonies’, ‘ET’, ‘Encuentros en la tercera fase’, ‘Regreso al futuro’ y toda la filmografía ochentera de John Hughes. Sin embargo, la última entrega de J. J. Abrams no solo ha acercado a las salas a esa vieja guardia de espectadores, acostumbrados ahora al consumo doméstico via conexión ADSL. La última gran película de extraterrestres made in USA también ha reencontrado a la gran pantalla con aquellos ingredientes que hicieron de Steven Spielberg -productor de esta cinta- el director más popular sobre la faz de la tierra.

Al fin y al cabo, de eso precisamente trata ‘Super 8’. De rescatar ese cine palomitero e ingenuo que alumbró los mayores blockbusters de la década de los 80. En la cinta de Abrams, ambientada en un pueblo de Ohio en 1979, no faltan la inocencia, el sentido de la aventura ni el azúcar de aquellas películas míticas con las que abríamos el post. Igual que ‘Kill Bill’ mete en la batidora de la postmodernidad la esencia de Sergio Leone y de cierto cine oriental, ‘Super 8’ mira a los ojos a películas que a mí me devuelven a la peli de la 1 los sábados por la tarde, a horas perdidas entre estanterías de un videoclub y a las butacas de aquellos cines que uno se encontraba en el centro de las ciudades.

A principios del verano de 1979, la pandilla de Joe está rodando un corto de zombis. Charles Kaznyk, colega de Joe encargado de dirigir la cinta, ha conseguido que Alice Dainard –interpretada por la estupenda Elle Fanning- haga el papel de mujer del inspector protagonista. Durante el rodaje de una escena en una pequeña estación de trenes, el grupo presenciará el espectacular descarrilamiento de una locomotora que cambiará la vida de su pueblo. Por supuesto, hay un extraterrestre detrás de esos cambios. Pero, bien mirado, ese ser del espacio es la última excusa para hacer de ésta la cinta más entretenida del verano de 2011.

Super 8’ tiene un arranque sensacional y, dentro de su primera hora, late el corazón de un director perdidamente enamorado con cierto cine de entretenimiento. Luego está ese defectuoso último acto, el consabido azúcar y personajes tan mal perfilados como el padre de Joe. Pero hay algo especial en esa inocencia que comparten argumento y protagonistas. Tal vez el espíritu de un tiempo en que no costaba tanto encontrar una película apetecible en la cartelera. Y no estoy hablando de nostalgia. La última cinta del padre de ‘Perdidos’ es la mar de entretenida, razonablemente divertida y completamente honesta con lo que propone. Ni debería pasar a los anales del cine, como algunos críticos sugieren, ni debería ser enviada al cubo de la basura, como proponen otros. Es, sin más, una película fantástica para escapar durante un par de horas de la rutina. ¿Les parece poco? A mí, desde luego, no.

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Los Planetas, de viaje por Castrelos

3 de Agosto de 2011 · 13 comentarios

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1993 fue el año de despegue de una pequeña banda “granaína” que quería imitar el sonido de sus ídolos: Joy Division, Felt, Jesus & Mary Chain, Mamá… Ese año llegó a las tiendas ‘EP Medusa’ (Elefant Records), piedra fundacional del “sonido planetas” y, por extensión, de la mitad de lo que hoy conocemos como indie español. Ellos no fueron los primeros (ahí estaban los discos de Surfin’ Bichos, Family e incluso Australian Blonde), pero sí los que pegaron más fuerte en el subconsciente pop de una generación. ‘Mi hermana pequeña’ fue el primer hit. Pura adrenalina concentrada en tres acordes y un estribillo que vocear en los conciertos.

Super 8’ (1994), LP debut de Los Planetas grabado ya para una multinacional, ha pasado a la historia como uno de los mejores elepés del rock español. Igual que ‘Una semana en el motor de un autobús’ (1998), el disco que indudablemente sacó del pozo al indie patrio. Un enorme castillo de guitarras superpuestas, bajos esculpidos en mármol de Carrara y letras absolutamente desesperadas -entre punzadas de desamor y una insoportable resaca de sustancias dopantes-.

A partir de 2007, Los Planetas comenzaron un nuevo viaje en busca de otra identidad musical. El álbum ‘La leyenda del espacio’ les sumergió en aguas flamencas sin abandonar el rock de guitarras sucias y las voces nasales. ‘Una Ópera Egipcia’ (2010) ha continuado por esta tendencia que, en realidad, no tiene tanto de innovadora (recuerden el ‘Omega’ de los también granadinos Enrique Morente y Lagartija Nick), pero que sí confirma la insobornable personalidad de Los Planetas. Esa persecución del arte por los senderos que dicte la inspiración, no por los derroteros que marquen los fans o la industria.

Que Los Planetas sean, junto a Bad Religion, una de las estrellas del cartel de la Semana Grande de Vigo es irónico por dos razones. En primer lugar, porque sus directos nunca han tenido fama de ser demasiado buenos. Pero también, porque el grupo nunca ha alcanzado la fama que muchos le han otorgado. Como gran grupo del rock independiente español, la prensa les ha atribuido una popularidad de la que, en realidad, nunca han gozado. El aficionado musical medio de nuestro país sigue sin conocer más de tres canciones de la banda y todavía no acaba de entender qué demonios canta Jota.

Sin embargo, hay pequeños detalles, como que Borja Cobeaga comenzara su largometraje ‘No Controles’ con la canción ‘Segundo Premio’ o ese fantástico libro escrito por Nando Cruz que recomendábamos hace un par de posts. Dudo si el directo de Los Planetas es mejor que en aquella época en la que tenían fama de pisar las tablas siempre con un par de sustancias de más en el cuerpo y si el público vigués se volcará con el concierto del próximo sábado 13 en Castrelos. La oportunidad, en cualquier caso, merece la pena. Populares o no, a Los Planetas nadie podrá negar ya epítetos como “mítico” o “histórico”. Otros han vendido más discos, pero muy pocos han sido tan importantes.

Consulta el resto de la programación de la Semana Grande de Vigo

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Amy Winehouse, la última dama del blues

24 de Julio de 2011 · 15 comentarios

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Ni siquiera con su muerte, Amy Winehouse ha conseguido que se hable de las verdaderas razones de su fama: su voz, su música, su blues… “No hay amor más grande / que el que yo siento por ti. / Ni canción más dulce, / ni corazón más sincero” cantaba la malograda artista londinense en ‘(There is) No Greater Love’. La canción estaba incluida en su primer LP -‘Frank’-, Amy tenía 19 años y su voz rasgaba el aire como una cuchilla. La industria de la música está plagada de grandes voces, masculinas y femeninas, pero pocas con la capacidad de convertir cada palabra en un puñal. Muy pocas capaces de cantar cada estrofa como si fuera la última.

Amy murió a los 27, pero poco tiene que ver con aquellos artistas que dejaron el mundo de los vivos a su misma edad. Sí con Janis Joplin, la otra dama blanca del blues que vivió demasiado deprisa. La vida errática de Amy y su garganta, negra y privilegiada, la emparentan con ésta y con Ma Rainey, Bessie Smith, Billie Holiday, Aretha Franklin… Un grupo muy exclusivo de mujeres que pasaron por la vida como el que camina descalzo sobre un sendero de cristales. Interiorizando cada momento de dolor, dejando vacía cada botella de whisky, amando con pasión a cada hombre (aunque fuera el equivocado) y recitando cada nota con la misma delicadeza.

El blues tiene que ver con un tipo de voz y una forma de afrontar la vida. El blues se tiene o no se tiene, y Amy lo tenía. Además de un gusto musical exquisito, lo que debería ahondar más si cabe el enorme vacío que su muerte ha dejado en la música contemporánea. Después del sabor jazz de su primer álbum, la inglesa tuvo la excelente idea de encomendar los sonidos de su segundo LP al productor y la banda de estudio de la disquera soul más célebre de la actualidad, Daptone Records. ‘Back to black’ pasará a la historia por ‘Rehab’ y sus proféticos “no, no, no”. Pero también se debería recordar como el álbum que abrió una de las vetas más interesantes de la música comercial de principios del siglo XXI. Después de ella vinieron Lily Allen, Adele, Little Jackie, una larga lista de divas prefabricadas y toda una nueva generación de grupos amantes de la música negra.

En sólo dos álbumes y un puñado de singles, Amy Winehouse reivindicó el jazz, el R&B y, sobre todo, el soul. También los grupos del sello 2tone como The Specials y Madness y, por el camino, los estilos más populares de la música jamaicana de los años 60, el ska y el rocksteady. Tenía voz y gusto. Era honesta y entendía el arte como el único medio para expiar las penas. El 23 de julio de 2011 fue encontrada muerta en su piso de Candem, el barrio alternativo por excelencia de la capital británica. Las causas de su muerte, aunque se intuyen, todavía se desconocen.

Pero tampoco deberían importar mucho. Es una tragedia que Amy Winehouse o cualquier joven de 27 años muera por culpa de los excesos. En este caso, la verdadera tragedia en la que deberían insistir los obituarios es en lo huérfana que se queda la música, que no recordaba tamaña pérdida desde el óbito de J Dilla. Como al productor de Detroit, a Amy le quedaban por escribir las páginas más brillantes de su carrera. La historia gana un mito, pero el soul pierde su última diva. Y el blues, su última dama. Tardarán años en encontrar otra.

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