Son las doce de la noche y todavía no se han entregado los premios más importantes de la noche. Andreu Buenafuete prometió dos horas de gala y esto va camino de convertirse en un auténtico sufrimiento. Todo ha arrancado con gracia, no en vano copiar la fórmula de los Oscars siempre es eficiente, pero no garantiza que el desarrollo de la entrega de los premios sea ágil y entretenida. El equipo repite fórmula y todo huele a ya visto. Lo que el año pasado se convirtió en novedad, en algo que daba esperanza al espectáculo, esta edición se convertido en algo insípido y que por momentos rallaba la sosería o el ridículo, por no hablar de Jimmy Jump (¿creerá que es gracioso?).
No vamos a insistir en lo de todos los años cada vez que a uno le toca enfrentarse a la gala del cine español. No nos recrearemos en los eternos agradecimientos de los ganadores (implantemos la trampilla automática bajo el púlpito, por favor) ni vamos a disfrutar viendo como la industria cinematográfica de este país se debora en sí misma en plena lucha de egos en la Academia y el Ministerio. Sí, las audiencias no han ido mal, pero es que el morbo tiene precio y ver a la ministra Sinde y a Álex de la Iglesia agarrados del brazo como un matrimonio ma lavenido en la alfombra roja (por fin ha dejado de ser verde) también tiene sus réditos publicitarios.
La noche, aunque la gran vencedora fuese ‘Pa Negre’, fue de Álex de la Iglesia. Él solito cerraba una etapa exitosa y estable en un puesto que, seamos francos, nunca ha brillado por sus éxitos indiscutibles. La labor conciliadora de un “torito vasco” en una marea venida a marejada fuerte se despedía ayer de los despachos después de dar un discurso que no merece más calificativo que el tener que escucharlo, porque hay frases ilustrativas de lo que un auténtico estadista (aquí del cine) debería decir. Imaginen que no lo han visto, y denle al play.
Un cuarto de siglo de entregas de premios y la cinematografía española sigue buscando su sitio en un mercado que siempre la ha pillado fuera de sitio. La última pataleta de De la Iglesia frente a la ministra es un grito (seguramente caiga en saco roto) desesperado de algo que parece agonizar desde hace mucho y que es realmente triste que vaya muriendo dando latigazos como el dinosaurio atrapado por la caída del meteorito. Veinticinco años entregando Premios Goya, reconociendo “el talento” de la cinematografía de este país. Una noche de punto y seguido (aparte o final, depende del optimista que lo vea) para el cine patrio en el que, después de unas cuantas copichuelas, haya reflexionado y caído en la cuenta de que ese público “que muchas veces nos mantiene” es el que verdaderamente reclama un cambio que los satisfaga. Pero, como casi siempre, el cliente nunca tiene la razón.
1 comentario ↓
1 Darío Vilas // 19 de Febrero de 2011 a las 9:12
Gran discurso de Álex de la Iglesia, que demuestra que se puede ser conciliador sin ser condescendiente, y que se puede reprochar sin caer en la polémica y el insulto fácil. Me quedo con esto, que deberían entenderlos muchos:
“Tenemos que pensar en nuestros derechos, por supuesto, pero no olvidar NUNCA nuestras OBLIGACIONES. Tenemos una RESPONSABILIDAD MORAL para con el público. No se nos puede olvidar algo esencial: hacemos cine porque los ciudadanos NOS PERMITEN hacerlo, y les debemos respeto, y agradecimiento.”
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