Habla pueblo habla. Y habló. Y con sus votos eligió a un actorucho de tres al cuarto experto en musicales y que a los televidentes les sonará por haberlo visto este verano en ‘Nada es para siempre’, si recuerdan todavía de qué va la cosa. Triunfó Daniel Diges con una canción cursi como pocas, digna de Eurovisión y por la que Danny Daniel mataría al más puro estilo Belén Esteban con tal de poder ocupar el sitio del imberbe querubín. El yerno que toda suegra soñaría interpretará “Algo pequeñito”, obviaremos los chistes fáciles, en un festival que lucha por sobrevivir mientras agoniza invadido por cantantes de medio pelo que serían merecedores de borrar a Camela del hit parade de las gasolineras.Pero la noche en la que Anne Igartiburu se ganó el sueldo (y un aumento) por no agredir en directo a John Cobra, desde hoy nombrado friki del año por su actuación en la gala de ayer. Florituras chelis como “comedme la polla” o “maricones todos” finiquitaron una actuación patética en la que el ex presidiario se ahogaba y reía mientras balbuceaba una letra incomprensible y que todavía trato de encajar en un rap. Si se le puede llamar así. Eso sí, la Igartuburu estuvo más profesional que nunca y enternecía verla mientras le cogía la cara al macarrilla y le decía: “Cariño, estas cosas no se pueden decir en la televisión pública”. Menos mal que Íñigo, presentado como el que más sabe de Eurovisión del mundo (Uribarri córtate las venas…), aprovechó el momento de tirón popular y le puso las pilas al aprendiz de Dioni descalificándolo por haber “promocionado” su paquete por la pantalla del televisor. Quizá, si se hubiese practicado la misma política que con El pezón rojo y Pop Star Queen, nos hubiésemos ahorrado un espectáculo así. Y no lo echaríamos de menos.Del resto, poco más se puede añadir, entre gritonas que piensan que por berrear durante minuto y medio son mejores cantantes y triunfitos venidos muy a menos, la gala parecía más un OT: El Reencuentro en el que temías que el paquete de Fran Dieli, y no el de John Cobra, se saliese del disfraz de Sidra el gaiteiro que llevaba puesto. ¿Iba vestido de gaiteiro no? Y veías a Ainhoa repitiendo el truco del vestido que se deshace a capas, o Lorena aparecía cual mesa camilla para castigarnos con un tema gospel tan efectivo que me hizo recordar que en Antena 3 ponían El Internado.Y aquí es donde se vuelve a abrir el debate. ¿Debe retirarse TVE de Eurovisión? Anoto aquí debajo el pensamiento de Hernán Casciari en su blog con el que coincido plenamente:
Eurovisión ahora es una anciana decrépita y todos se ríen de ella, es verdad, pero hace muchos años era una hermosa mujer y España entera la adoraba. Estuvo casada con un gran hombre, llamado don TVE. Ese hombre la amó tanto que todavía le pasa una pensión todos los años. ¡Ah, qué bella era Eurovisión en su época dorada! Ahora perdió su glamur y su juventud, se dio a la bebida y comenzó a vivir en la calle con inmigrantes croatas, albanos, bosnios, bielorrusos y moldavos. ¡Qué lejos quedaron sus fiestas parisinas y su prestigio en la Europa rica! Ahora esta vieja dama se viste de fiesta sin comprender que ha envejecido. Se convirtió, sin quererlo, en un icono de la cultura pop. Se quieren hacer sus amigos los frikis, los gays y los comediantes trasnochados. La gente de la calle, los que antes se arrodillaban a su paso, le dan vuelta la cara. Todos han olvidado a la pobre Eurovisión, menos uno. Su antiguo amor, don TVE, la sigue defendiendo a capa y espada. No quiere que se junte con los frikis ni con los advenedizos que pretenden hacer dinero fácil con ella. Don TVE le espanta las amistades bizarras. Intenta que Eurovisión vuelva al prestigio de antaño. Pero ya es tarde. Don TVE debería soltar la mano de su viejo amor, y dejar que se vaya con los moldavos y con los frikis. Ya se le pasó la época dorada. Todos tenemos derecho a vivir una vejez pintoresca.
Y sin embargo, de tanto que la odiamos, la necesitamos. Y si no, veremos las audiencias del próximo 29 de mayo.
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¡Albricias! ¡La gala de los Goya ha durado dos horas y media pero se ha hecho corta! Ni los Goya de la reconciliación, ni los Goya en los que Almodóvar robó el protagonismo a todos…nada de eso, la fiesta del cine español consiguió, después de muchos años, una gala entretenida en la que Buenafuente (visiblemente nervioso), supo resolver con profesionalidad un papel en el que se vio superado solamente por la presencia escénica de Rosa María Sardá, la maestra en lo que a galas se refiere.
Se supone que los Oscar son el espejo en el que se miran todas las ceremonias de galardones cinematográficos. Y es bueno que, salvando las distancias, así sea; no hubo nada nuevo en la estructura de la ceremonia que no hayamos visto en la madre de todos los premios (incluso en otras ediciones de los Goya), como esa apertura con un divertidísimo corto introductorio que nos recordó al mejor Billy Cristal y no faltaron “las bromitas entre amigos” que ponían el dedo en la llaga (aunque lo de soltar la piedra y luego pedir perdón le quitaba brillantez a las gracias). Y ahora que todos sabemos que la gala ha sido un éxito y que ha conseguido audiencias históricas, ¿no hay espacio para las críticas? Por supuesto, en un país en el que no se deja viva a la vecina del quinto, siempre hay tiempo para criticar. Y aquí vamos.
El problema de las galas de los Goya no siempre es el guión, o si los presentadores están a la altura o si todo ha durado más de lo que debería. El problema, saquémonos de una vez ya la máscara, son las dedicatorias de los premiados. Las madres, tías, cuñados, primos y vecinos que siempre están ahí (fíjate tú) para soportar los problemas diarios de cada uno. El espejo: los Oscar. ¿Se imaginan ustedes a Julia Roberts, Meryl Streep o Sandra Bullock dando las gracias a todo el mundo que ha pasado por su vida? Entonces, ¿por qué seguimos acordándonos hasta del pescadero que un día nos puso gambas en lugar de langostinos? Durante uno de los muchos discursos de ayer me dio tiempo incluso a ver un juego entre Roddick y Verdasco que ponían no sé en qué canal de la TDT.
Y por poner otro pero. Sólo pedirle una cosa a la Academia si desde este humilde púlpito se puede. ¿No es posible recortar más la lista de candidaturas? ¿Alguien me puede explicar en qué consiste el premio Dirección de Producción? Porque creo que al ciudadano medio le da igual que haya un señor que le ahorra dinero a las productoras al controlar los costes. En el resto de las empresas también hay un departamento contable y no por ello el trabajo es merecedor de premio, sino de muchas otras cosas. Aunque bueno, pensándolo bien y en los tiempos que corren, quizá que alguien le ahorre dinero al cine español no está del todo mal, que así también ahorramos todos. ¿No es posible reconvertir las categorías de actores y directores revelación? Es una estupidez que se haga una diferencia entre actores y directores noveles. Si, como afirmaban ayer, son todos profesionales, lo es tanto el novato como el experto y ambos pueden participar en una misma categoría. No es necesario ver como se le entrega a Soledad Villamil (con más de 15 años de carrera) un Goya a actriz revelación. Y para que no vean que no le he dado vueltas, se me ha ocurrido proponer que estas categorías se fundan en una y aumenten sus candidatos. En lugar de cuatro, pues que pongan seis. Nos ahorramos cinco minutos los espectadores, los novatos se codean con los expertos y todos seremos más felices. No faltó la presencia virtual de un personaje animado, nuestro internacional Pocoyó así como un efecto especial de tromba de agua que por mi podrían haber eliminado.
Se despidió Buenafuente con un gag de altura: anunció que muy mal tendrían que ir las cosas para que no convertirse en el presentador de la gala del 2011, antes de que una ráfaga de disparos lo barriese del escenario y lo matase. Por favor, que alguien lo resucite para el 2011.
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A día de hoy no logro entender cuál es el mecanismo cerebral que se activa para obligarte a ver a un grupo de gente bailar en televisión. Por eso es que nunca entiendo el éxito que tienen todos los programas en los que famosos o gente anónima mejoran sus aptitudes hasta alcanzar un nivel que mis ojos de arrítmico no son dignos de disfrutar. Ortega Cano era el mismo palo antes y después de acabar el Mira quién baila! de Anne Igartiburu; los chicos de Fama tienen el mismo estilo al entrar y al salir de la academia de Paula Vázquez y los bailarines de Luar llevan años haciendo no sé qué por detrás de una Isabel Pantoja que canta por enésima vez su Marinero de Luces.
Telecinco reestrenaba ayer el tan publicitado ¡Mira quén baila!. Y digo reestrenar porque los directivos de la cadena de Vasile no se han comido mucho la cabeza en adaptar un formato que disfrutó de su éxito en TVE. Pero aún así consiguieron hacerlo todo más soso y lento que la versión de la cadena original. ¡No hubo un chiste gracioso en la cadena que todo se lo toma a cachondeo!. Santi Rodriguez (hay que ver lo que dan las fusiones televisivas que por la tarde con Luján y por la noche con Pilar Rubio) lo intentó pero sin un guión no es el humorista que todos conocemos. Pilar Rubio, nerviosa en su debut y camino de convertirse en la futura Arantxa del Sol, estuvo correcta. Obviamente, los responsables del casting, han visto unos cuantos programas de La Ventana Indiscreta y se dieron cuenta que la chica muy de leer y seguir unas pautas no es. Aún así, donde esté el saber estar en plató de la Igartiburu que se quite cualquiera.
Pero aún así, Pilar Rubio no era el morbo de la noche sino la Esteban. La colaboradora convertida en copresentadora y estrella de la cadena amiga se equivocó varias veces de paso y estuvo torpe como de costumbre (ahora la gente a eso le llama naturalidad) destrozando otro mito: Audrey Hepburn. Menos mal que llegó Susan Boyle para callar a todo el mundo y enseñarle qué es tener talento. Llegó tarde, pasada la medianoche, pero llegó. Y damos gracias. Las mismas que le daríamos a los directivos que sin innovar decidieron que necesitábamos presenciar un espectáculo sumamente aburrido.
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